La apicultura en tiempos prehispánicos
martes 16 de junio, 2020
La apicultura en México es una actividad ancestral que llegó a ser descubierta por los indígenas de estas tierras, pero que alcanzó un desarrollo más alto en los pueblos mayas de la península de Yucatán y región sur de este país. En la actualidad, la región maya sigue siendo un lugar muy importante para esta actividad.
La apicultura en México es una actividad ancestral que llegó a ser descubierta por los indígenas de estas tierras, pero que alcanzó un desarrollo más alto en los pueblos mayas de la península de Yucatán y región sur de este país. En la actualidad, la región maya sigue siendo un lugar muy importante para esta actividad.

Melipona beecheii. Fuente: beecheii.com

Cuando llegaron los españoles a Mesoamérica descubrieron que la miel era un producto bien conocido por sus habitantes, pero que las abejas que la producían no tenían ningún parentesco directo con las especies conocidas por ellos. Cada explorador, naturalista o fraile, describió la forma en que se manejaban y explotaban los diferentes tipos de abejas y los productos que se obtenían.

Aunque la explotación de las abejas fue una práctica común en la mayor parte del territorio mesoamericano, en la parte tropical, sobre todo en el área maya, alcanzó su más alto nivel. Fernández de Oviedo, explorador del mar Caribe, indica:

“Hay muchas abejas, que crían en las oquedades de los árboles, y son pequeñas, del tamaño de las moscas, o un poco más, y las puntas de las alas tienen cortadas al través, de la fación o manera de las puntas de los machetes victorianos, y por medio del ala una señal al través, blanca, y no pican ni hacen mal, ni tienen aguijón, y hacen grandes panales, y los agujerillos de ellos hay en uno más que en cuatro de los de acá, aunque ellos son menores abejas que las de España, y la miel es muy buena y sana pero es morena casi como arrope.”

Para el centro de México tenemos dos obras de enorme valor en cuanto a la relación hombre-fauna durante la época precolombina. Una de ellas es el Códice Florentino, escrito por Fray Bernardino de Sahagún, cuya descripción de las abejas, aunque breve, es muy ilustrativa:

“Hay unos abejones en esta tierra que llaman xicotli, hacen miel y hacen cuevas en la tierra, donde hacen su miel. Es muy buena miel la que hacen. Pican como abejas y lastiman e hínchase la picadura.

Hay otra manera de abejas que llaman pipiyoli. Son menores que las ya dichas. También hacen cuevas para hacer su miel, hacen miel muy amarilla, es buena de comer.

Hay otras abejas que llaman mimiáoatl, hacen miel en los árboles. Hacen una caja a manera de alquitara, y dentro hacen sus paneles e hínchenlos de miel. No engendran como los otros animales, sino dentro de los panales hacen sus hijos como gusanillos blancos. Labran como las abejas de Castilla. Hacen muy buena miel.”

Francisco Hernández, naturalista enviado por Felipe II a las Indias con el fin de reconocer las riquezas naturales de estas tierras, también repara en estos insectos:

“Hállense muchos géneros de mieles en esta Nueva España, que no sólo difieren en el lugar como la de Europa, sino también en la misma materia y en los diversos géneros de abejas. El primer género es semejante al de España, fabrican [sus panales] en los huecos de los árboles, los cuales ponen los indios en sus colmenares. Otro género de miel se obtiene en algunas regiones templadas o algo más calientes de cierto género de abejas que no tienen aguijones, semejantes a las hormigas, pero son menores que las nuestras y que ponen algo colgadas de las piedras, o árboles, principalmente en los géneros de encinas, sus panales o colmenas son ciertas bolas que los indios llaman mecatzonte, camimieoatl, semejantes a los paneles de azúcar, los cuales pueden ser algunas veces de la estatura de un hombre, compuestas llenas de muchas cortezas y con muchos vasillos, no menores y apretados que los nuestros, de color pardillo, llenos de una muy buena miel y mucha de la cual género, de panal comen los naturales, con gran gusto castrando las colmenas, trochipándolo en la boca y cuando el panal se come no se pega la cera en los dientes, solamente se siente no sé qué cosa semejante a la paja, labran esta miel las abejas, de la misma manera que las nuestras, y así se sustentan, ni más ni menos de flores y rocío, hállense las colmenas llenas y cargadas de miel en el mes de septiembre. El cuarto género es otra miel no es muy buena que fabrican ciertas abejas que tienen aguijones, que son notablemente más chicas, que las nuestras leonadas, fabrican su colmena de figura redonda prolongada, en la cual hacen su miel que los indios llaman comimioatl… otro género de abejas pequeñas, sin aguijón que hacen su miel en lugares bajo tierra y hacen sus panales redondos a los cuales llaman los naturales tlancuhtli, pero no sale la miel tan perfecta, ni gustosa, porque es ácida y un tanto amarga, aunque en falta de miel que sea mejor, suelen echarla en los guisados. Otra diferencia suele labrar y hacer miel debajo de la tierra, que tienen aguijones, las cuales son negras con la espalda rubia (…).”


Espécimen de Melipona beecheii sobre la planta Mimosa sensitiva. Fotografía de Josh VandermeulenEspécimen de Melipona beecheii sobre la planta Mimosa pudica. Fotografía de Josh Vandermeulen.

 

Aprovechamiento de la miel y apicultura

Las crónicas citadas muestran que en la práctica de la apicultura intervinieron varias especies. Las más ampliamente distribuida, pero de explotación más rústica y ocasional, fue la avispa Vespula squamosa (mal llamada “xicoti” por Sahagún, ya que el jicote o abejorro cuyo género, Bombus, hace sus nidos en los troncos), pues aunque era aprovechada en gran parte del territorio mesoamericano, su explotación se limitaba (y se limita aún) a buscar los nidos hechos bajo tierra, espantar al insecto y extraer el panal con las larvas y la miel. Otras especies explotadas en forma similar en el norte y centro de México, eran varias avispas del género Polybia, las cuales eran seguidas hasta el panal para posteriormente bajarlo del árbol y comerlo a manera de pastel, o sea, cortándolo y repartiéndolo en trozos.

Pero la verdadera apicultura, aquella en la cual podemos hablar de insectos domésticos, se desarrolló y vivió su mayor esplendor en la región tropical de México, especialmente en el área maya, e involucró a dos tipos, las abejas mieleras o alazanas (Melipona beechii, Melipona doméstica y Melipona fulvipes), conocidas como pipiioli (voz náhuatl) o Kab (vocablo maya), y la mosca de la virgen (Trigona sp). Diversas crónicas indican que en esta región se explotaban unas seis especies diferentes, y que los apicultores obtenían igual número de cosechas al año.

Los habitantes de esta región de Mesoamérica conocían con detalle los hábitos de Melipona y Trigona: donde formaban sus colmenas, la cantidad de miel y cera que producían, su grado de pureza y cómo influía la época del año o el tipo florístico en el color, aroma o sabor de la miel. La recolección de los productos se hacía en nidos silvestres, o bien, en troncos huecos usados para la crianza de las abejas, cerca de las casas con el objetivo de cuidar el estado de la colmena.

El cultivo de Melipona se hacía en troncos huecos, sellados con lodo y apilados uno sobre otro o también se usaban ollas de barro. En ambos casos se ponía una cruz para saber el modo en que debía acomodarse la colmena, pues ya se sabía cómo se orientan las abejas. Las colmenas se instalaban en las afueras de los poblados para protegerlas de hombres y animales.

El principal producto que se conocía de las abejas era la miel, la cual se empleaba en guisos, como se menciona en las obras anteriormente citadas; bebidas, medicamentos y ritos; por otra parte, debido a que la miel de las abejas mesoamericanas contiene más agua que la de Apis mellifera (abeja europea) era más fácil que se fermentara, factor que permitió el desarrollo de bebidas como el balché y el xtabentún. Su empleo como ingrediente en la elaboración de medicamentos para combatir afecciones diversas, por ejemplo, dolor de garganta y obstrucción del conducto urinario, lo vemos en la obra Libellus de medicinalibus indorum herbis (Códice de la Cruz-Badiano), escrita en el siglo XVI.

El otro producto explotado era la cera. La llamada “cera de Campeche” estaba constituida por la propia cera producida por las abejas, mezclada con propóleos, resinas de ciertos árboles, conocidos como “lágrimas de árbol”, por lo que es más correcto llamarla cerumen. La explotación del cerumen producido por los meloponinos, realizada durante la época prehispánica se continuó en el periodo virreinal. Entonces, el producto partía de los puertos de Sisal (Yucatán) y de Campeche, de ahí que se le conociera como cera de Campeche, hacia el puerto de Veracruz y a otros del imperio español para su comercialización.

La “Cera de Campeche” ha tenido múltiples usos en México: en tiempos precolombinos se utilizaba para hacer moldes de piezas de metal, sobre todo las de oro; se quemaba en ceremonias, junto con resina de copal, fue usada por los amantecas (especialistas en trabajar las plumas) en la preparación de la cama o soporte del mosaico de pluma fina, en la elaboración de bases para la pluma engarzada y de pequeños objetos para recubrirlos de plumas.

A partir del siglo XVI y hasta la llegada de productos sintéticos era empleada para preparar medios de pulimento y abrillantamiento de superficies; confeccionar masos para moldear y para relleno; impregnar papel y otras sustancias; obtener moldes para multicopistas; preparar cosméticos, ungüentos, emplastes, pomadas y como medio de aislamiento eléctrico.

Manera en la cual son apilados los jobones. Fotografía de Elizabeth Rosado Puerto.Manera en la cual son apilados los jobones. Fotografía de Elizabeth Rosado Puerto.

 

La miel tributada al Imperio Mexica

En la Matrícula de Tributos y en el Códice Mendocino están registrados los pueblos y provincias que, además de producir miel de abeja, la tributaban a México-Tenochtitlán.

El primer virrey de la Nueva España, Antonio de Mendoza, comprendió la importancia de la Matrícula de Tributos y la mandó transcribir o copiar, además de ordenar que al pie de los pictogramas se explicaran los enunciados en caracteres latinos y en náhuatl. A esta copia, se le conoce como Códice Mendocino.

Los poblados a que se hace mención en estos dos documentos son ubicados actualmente en México, Puebla, Oaxaca y Guerrero. Por ejemplo, cada 80 días tributaba miel, a México-Tenochtitlán, la provincia de Tlachco (el Taxco actual), al igual que otros poblados de Guerrero.

¿Cómo llegaba la miel y cuál era la media de lo que se tributaba a Tenochtitlán? El transporte que usaban eran jarras de tres asas, las cuales, según Jesús Nárez (1988), llevaban una base de yahual, hecha de tule, zacate o carrizo para evitar que rodaran o cayeran y cuyas asas servían para el atado de estas piezas con cordeles, y así facilitar su transporte.

En cuanto a la medición y pesaje de la miel, al parecer, eran poco confiables, pues los datos de que se dispone sólo se refieren a vasijas, llamadas indistintamente “jarras”, “ollas”, “cantaritos” o “medidas”. Nárez, menciona algunos datos de poblados que tributaban:

Con estos datos se puede estimar la cantidad de miel producida en cada colmena. Según información de Hendrichs (1941), en la región de Guerrero, el rendimiento de miel de una colmena de producción a la usanza indígena, al año, es de un litro de miel, aunque en años buenos la cosecha se duplicaba. Por ejemplo, suponiendo que estas jarras de barro hayan sido como las actuales con capacidad de 8 a 10 litros, la región de Taxco, que tributaba a Tenochtitlán, 200 jarras, entregaba aproximadamente mil 600 litros de miel cada 80 días, y al año, 6 mil 400 litros de miel, lo que equivaldría a tener cerca de 6 mil 400 colmenas si la producción de miel por colmena fuera de un litro, en una región como la de Taxco, Guerrero.

Además del manejo de los productos de la apicultura derivados de los tributos, existía el comercio normal de los pequeños productores y comerciantes. Narraciones como la de Sahagún explica cómo era la práctica:

“El buen tratante en este oficio no adoba la miel con alguna cosa, sino que como es virgen así la vende, ora sea miel de abejas, ora de otro género, blanca o prieta. El mal tratante la daña, mezclándola con cosas que la hacen espesa como son metzalli, que son raspaduras del meollo del maguey, y el agua mezclada con cal con que cuece el maíz, o con algunas raíces como son las de las malvas, y algunas semillas, las cuales molidas y mezcladas con la miel la hacen parecer buena y espesa, o solamente le echa agua o lejía.”

 

La domesticación de las abejas

Debido a que las especies que realmente vivieron un proceso de domesticación son todas propias del clima tropical, y a que en el área maya alcanzó su mayor desarrollo, es lógico suponer que precisamente en esa región se llevó a cabo dicho proceso.

Desde el punto de vista del esfuerzo humano, la domesticación de las abejas fue un proceso relativamente simple, sobre todo, por el hecho de que estas especies no son agresivas ni pican. Sin duda, la búsqueda de colmenas salvajes para recolectar miel fue el punto inicial del proceso, ya que favoreció el conocimiento de las necesidades biológicas de las especies.

Puesto que los textos coloniales indican que los indios tenían las colmenas en troncos huecos, a poca distancia de las casas y aldeas, es seguro que conforme aumentaron, tanto su entendimiento sobre el manejo de estos insectos, como la importancia de la actividad apícola, se buscó transportar colmenas hasta el umbral de los asentamientos humanos para facilitar el acceso a los productos y controlar el abasto de los mismos, hasta convertir la apicultura en una actividad permanente, planificada y continua. El conocimiento de los apicultores mesoamericanos llegó a tal grado que se sabía la forma en que se orientan las abejas y cómo varía el sabor de la miel, según el tipo de flor de que se alimentaran estos insectos.

Dado que el proceso de domesticación se inició desde que era una simple actividad de recolección y que el grado de conocimiento que se alcanzó fue notorio, es de suponer que su origen debió remontarse al Preclásico o incluso antes, y si la apicultura se circunscribió al área maya, fue solo por las limitaciones biológicas y ecológicas y no por falta de interés de la gente, pues donde las abejas no pudieron domesticarse, la recolección de miel de insectos salvajes fue siempre actividad común.

 

Las abejas en la religión prehispánica

Con tan enorme importancia económica y cultural, no es de extrañar que estos insectos hayan tenido un lugar dentro del mundo religioso mesoamericano. Melipona, estuvo vinculada a muchas tradiciones religiosas.

Para los mayas fue objeto de culto, asociándola con Ah Mucen Cab (“divina abeja roja”), y existía un mito en el que se decía que la divinidad había bajado del cielo para dar a los hombres el conocimiento sobre las virtudes de la miel, los productos de la colmena y las técnicas de cultivo. Otra divinidad asociada eran los bacabs, ayudantes del dios de la lluvia.

En el altiplano, las abejas estaban relacionadas con la lluvia, las flores y la alegría; eran enemigas de la pesadumbre y los enojos. Se decía que las personas que recogían la miel debían estar libres de discordias. Un mito afirmaba que Quetzalcóatl había bajado al inframundo para presentarse ante Mictlantecutli y pedirle los huesos de hombres de creaciones anteriores, para formar la nueva humanidad. Mictlantecutli accede a condición de que Quetzalcóatl toque su caracol. Esta pieza no tenía hoyos, pero unos gusanos lo horadaron y las abejas entraron en él y lo tocaron. Aparentemente, las abejas protagonistas eran del género Melipona.

Representación de la abeja en el Códice Tro-Cortesiano. Se puede distinguir la figura zoomorfa de color naranja y con la cabeza hacia abajo y el abdomen en la parte superior.

 

La llegada de la abeja europea

Durante los siglos XVI-XVIII, las tradiciones relacionadas con la apicultura no se perdieron, pues hasta la actualidad los mexicanos conservamos un especial gusto por la miel de abeja y perdura el uso de la cera de Campeche, incluso la forma de anís derivada de la miel, xtabentún, se conserva como una bebida tradicional de Yucatán. Lo más importante, sin embargo, fue la sustitución de las especies nativas de México por la abeja europea, Apis mellifera, principalmente a causa de su mayor productividad, de la mayor facilidad de extracción, de sus productos y de que la miel posee menor contenido de agua.

Debido a que los hábitos de la abeja europea son más flexibles que los de sus contrapartes mesoamericanos, esta nueva opción permitió extender la apicultura por gran parte del territorio mexicano y convertirla en una de las principales actividades agropecuarias de la Nueva España y hasta la actualidad.


La abeja maya sin aguijón: Melipona beecheii. Fotografía de Javier Tun.

Bibliografía:

  • de Sahagún, Bernardino. (1540-1585). Historia general de las cosas de la Nueva España II.
  • Hernández, Francisco. (1888). Cuatros libros de la naturaleza y virtudes medicinales de las plantas y animales de la Nueva España
  • Meliponicultura en el Mayab. (Fotografía de Elizabeth Rosado Puerto) En http://melipona.weebly.com/colmena.html
  • Valadez Azúa, Raúl. (2004). Retomando la apicultura del México antiguo. Imagen veterinaria. 4, (2), pp. 4-15.

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