La conquista del Tzintzunzan Irechequa en 1522
La conquista de los tarascos (p'urhepecha) por las huestes cortesianas en 1522, es uno de los episodios menos comprendidos de la Conquista de México. En el presente texto se presenta una narrativa histórica que sintetiza los hechos más importantes, que condujeron a la conquista de la segunda potencia mesoamericana al momento de la llegada de los españoles, permitiendo ver un proceso histórico con sus particularidades propias.

LLegada de los españoles a Tzintzuntzan, capital tarasca, en julio de 1522 según la "Relación de Michoacán (1542).

martes 28 de julio, 2020

La conquista española de lo que hoy conocemos como Mesoamérica tuvo varios episodios con diversas características. Cada entidad política prehispánica, clase social, grupo étnico, facción, linaje e individuos, actuaron de acuerdo a motivaciones particulares del momento, que deben entenderse en su unicidad histórica, sin extrapolar las explicaciones propias de diferentes pueblos y regiones, o por ideas actuales producto del nacionalismo decimonónico y posrevolucionario mexicanos. Uno de esos episodios comúnmente referido, poco conocido y menos comprendido, es el de la conquista del Tzintzuntzan Irechequa (“Reino de Tzintzuntzan”), que fue el Estado tarasco gobernando por el linaje de los señores uacúsecha (“águilas”), mencionado en las fuentes coloniales como el Reino de Michoacán, cuyo corazón político se encontraba en la cuenca de Pátzcuaro con capital en Tzintzuntzan.

Esta entidad política surgió tras la reestructuración que sufrió el Triunvirato Ihuatzio-Pátzcuaro-Tzintzuntzan a mediados del siglo XV, cuando Tzitzíspandácuare logró centralizar el poder político y religioso en Tzintzuntzan, en detrimento de sus primos de las otras cabeceras de Ihuatzio y Pátzcuaro, convirtiéndose en el primer cazonci (gobernante supremo tarasco), cuyas huestes conquistaron muchos pueblos en nombre del dios patrono Tiripeme Curícaueri (“Precioso que es Fuego”), consolidando su poder en los territorios del actual Estado de Michoacán, y partes adyacentes de Colima, Jalisco, Guanajuato, Querétaro, Estado de México y Guerrero, sumando más de 75,000 km2. El hijo del cazonci Tzitzíspandácuare, Zuangua, gobernó tras la muerte de su padre ca. 1486, logrando ensanchar mucho su territorio hasta 1520, año en que murió de viruela, siendo su hijo Tangáxoan II o Tzintzincha el último cazonci, a quien le tocaría enfrentarse a la amenaza española, gobernar después de la conquista y asesinado judicialmente en 1530.

Las fuentes históricas sobre cómo fue la conquista hispana sobre los tarascos son breves, confusas e incluso con contradicciones insalvables, pero las existentes permiten ver un complejo proceso histórico que fue diferente al de otras regiones de Mesoamérica, en el que los tarascos actuaron de acuerdo a sus motivaciones propias del momento. En el presente texto presentamos una visión general de la información conocida en las fuentes históricas, que narran la conquista del Tzintzuntzan Irechequa, la segunda entidad política mesoamericana más poderosa al momento de la llegada de los europeos a principios del siglo XVI.

Los tarascos y el equilibrio de poderes en el Posclásico Tardío (1200-1522)

El Estado tarasco fue una sociedad altamente jerarquizada de tipo hierocrático, donde la clase dominante de los angámencha (“los que tienen bezotes”), mantuvo el monopolio del poder político, la tenencia de los medios de producción y el acceso a los recursos naturales; explotó la fuerza de trabajo de la clase dominada de los purépecha (“gente común” o “maceguales”), se apropió de los excedentes a través del tributo, coordinó una compleja economía política por la cual pudo producir y reproducir su vida material, teniendo una organización territorial compacta y centralizada. Además impuso directrices ideológicas por medio de la religión a una población plurilingüística, en la cual se siguieron estrategias de “taraquización” con el fin de que la población tuviera la identidad cultural y valores del linaje gobernante de los uacúsecha. Aunado a esto, los angámencha lograron sostener grandes ejércitos de guerreros semiprofesioanles en los campos de batalla, con los cuales impusieron su poder militar, conquistaron entidades políticas vecinas, y lograron defenderse con éxito de amenazas externas durante la época prehispánica (Carvajal Medina, 2019, Pp. 689-700).

El principal rival que tuvieron los tarascos desde la segunda mitad siglo XV, fueron los mexicas, un pueblo que al igual que los uacúsecha se reivindicó como un pueblo de origen chichimeca, norteño, guiados por su dios patrono Zinzuvquixo (nombre tarasco de Huitzilopochtli), y que también se asentaron en una región lacustre como lo fue el lago de Texcoco, donde conformaron la Excan Tlatoloyan o Triple Alianza de México-Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan. Ambos pueblos iniciaron su expansión, conquistando los pueblos intermontanos localizados entre las cuencas de Pátzcuaro y Texcoco, tales como guamares, pames, otomís, mazahuas, pirinda-matlatzincas, chontales, cuitlatecos, chumbias, tolimecas y pantecas, lo cual generaría movimientos y reajustes de población importantes que terminarían configurando una tensa paz. Los mexicas ya temían el poderío tarasco durante el reinado del huey tlatoani Motecuhzoma I, que reinó entre 1440-1469, pues tuvo intenciones de conquistar a los matlatzincas, pero tenían miedo que esto provocara una guerra contra el Tzintzuntzan Irechequa (Durán, 1984 [1579], T. II, Cap. XXXV, Pp. 268-269).

La paz se vería rota cuando los ejércitos del cazonci Tzitzíspandácuare se defendieron del intento de conquista mexica en 1476/1477, emprendida por Hacángari (nombre tarasco del huey tlatoani Axayácatl) y la clase dominante mexica. Los tarascos con un ejército inicialmente de entre 40,000-50,000 guerreros, y para la última etapa de la batalla con más de 80,000  guerreros, aplastaron como “moscas” a los ejércitos mexicas entre Taximaroa (hoy Ciudad Hidalgo) hasta Charo, compuestos de entre 24,000-32,000 guerreros, perdiendo más de 20,000 efectivos entre caídos y prisioneros. Dicha victoria dio a los tarascos un gran prestigio, lo que motivó que muchos pueblos huyeran del maltrato mexica y buscaran volverse vasallos del cazonci Tzitzíspandácuare. Tras esta campaña el Tzintzuntzan Irechequa y la Excan Tlatoloyan lograron conformar una frontera de guerra compuesta por varias guarniciones y fortalezas, defendidas por los pueblos que habían quedado en distintos lados de la frontera tarasco-mexica, extendiéndose más de 240 km., desde Acámbaro en el Estado de Guanajuato hasta Titilan del Río en el Estado de Guerrero (Carvajal Medina, 2019, Pp. 539-560).

Imagen 1. Principales fortalezas y guarniciones en la frontera tarasco-mexica (Hernández Rivero, 2004), modificación nuestra.

Durante las décadas siguientes, los cazoncis tarascos y los huey tlaloques mexicas mantendrían un estado de guerra permanente, aunque siempre existieron relaciones económicas, políticas y culturales entre ambos pueblos. Durante el reinado del cazonci Zuangua, los tarascos lograron defenderse del último intento mexica de conquista del Tzintzuntzan Irechequa en 1517, cuando Motecuhzoma II mandó un gran ejercito con la intención de conquistar Michoacán, con el objetivo de conseguir tributos de cobre y plata. Al mando de la mayor parte del ejército mexica se encontraba el prisionero tlaxcalteca Tlahuicole, que atacó las poblaciones fronterizas de Acámbaro, Ucareo, Zinapécuaro, Maravatío y Taximaroa, durante una campaña de seis meses en la cual los tarascos lograron propiciar una segunda gran derrota, que causo gran mortandad en ambos lados y “puso terrible espanto a los Michoacanenses”, pero los mexicas no pudieron entrar ni ganar nada, salvo algo de cobre y plata que consiguieron en el campo de batalla (Muñoz Camargo, 1892 [¿1592?] Lib. I, Cap. XV, Pp. 126-127).

Tras la victoria de los ejércitos del cazonci Zuangua, la balanza se inclinó del lado del Tzintzuntzan Irechequa, pues después de 1517 los mexicas empezaron retroceder ante el avance tarasco. Estos lograron colocar una guarnición con gente de guerra en el Valle de Toluca a siete leguas de México-Tenochtitlan (aproximadamente a 33 km), y después de años de batallas habían logrado capturar en 1520 la fortaleza de Oztuma en la Tierra Caliente de Guerrero, principal fortaleza mexica en la frontera tarasco-mexica. Durante más de 40 años tarascos y mexicas fueron acérrimos enemigos, movilizando a miles de guerreros al campo de batalla con intenciones de imponer su poderío sobre el otro, lo cual provocó que ambos tuvieran odio y enemistad, con reservas de las intenciones del otro, lo cual sellaría el destino de seres humanos en la segunda década del siglo XVI (Carvajal Medina, 2019, Pp. 566-568).

Presagios anteriores a la conquista

Las fuentes sobre la conquista del Tzintzuntzan Irechequa narran que antes de que vinieran los españoles a conquistar la tierra, aparecieron diversos fenómenos sobrenaturales que después se interpretaron como augurios de la conquista. La Relación de Michoacán terminada de escribir en 1542, es de las fuentes más tempranas donde se registraron este tipo de malos presagios, que fueron figuras retóricas con las cuales los indígenas explicaron la existencia y llegada de personas extrañas venidas del otro lado del mar. Al parecer los contactos precortesianos con los indígenas de la costa del mar Caribe, fueron noticias que circularon por las diversas regiones mesoamericanas por medio de las rutas comerciales.

Un ejemplo a considerar es la expedición de Juan de Grijalva, que tuvo lugar en el año de 1518, logrando explorar la costa Norte de Yucatán y del Golfo; precisamente la Relación de Michoacán mencionó que cuatro años antes de la llegada de los europeos a Michoacán, es decir 1518, los cúes se desmoronaron, y aunque los renovaron, estos volvían a caérseles los janamus o lajas con los que estaban recubiertos; también se vieron dos cometas grandes en el cielo; la gente soñó con los dioses, pero sí eran pesadillas, no osaban decírselo al cazonci. Un sacerdote le contó a Jerónimo de Alcalá como había soñado dos o tres veces con animales desconocidos para él (caballos y gallinas), que ensuciaban los cués y las casas de los sacerdotes donde hacían sus meditaciones. También las enfermedades traídas por los europeos, como el sarampión y la viruela, se tomaron como presagios (Alcalá, 2008 [1542], Tercera Parte, Cap. XIX).

Imagen 2. Lámina XLII de la Relación de Michoacán (Alcalá, 2008 [1542], P. 232), que representa los agüeros que los tarascos supuestamente vieron antes de la conquista. Del lado izquierdo se puede ver una yácata o cú con derrumbes, y al pie del mismo se observa al petámuti (sacerdote mayor) y a un sacerdote del cargo de los axámencha (sacrificadores), señalando hacía un cometa en el cielo. Del lado derecho de la imagen, se observa a la Mujer de Uiquixu, señor de Ucareo, que presenció el concilio de dioses que anunció el fin del mundo prehispánico.

Pero el suceso más largamente narrado es la teofanía por medio de un sueño o revelación que tuvo una mujer de Uiquixu, señor de Ucareo. La diosa Cueráuaperi, madre de los dioses, se le apareció y la llevó al camino de Araró, ahí le dio de beber un brebaje, y le dijo como alguien se la iba a llevar a un concilio muy importante, que pusiera mucha atención en lo que se dijera, para que se lo hiciera saber al cazonci Zuangua. Entonces el dios Curícaueri se apareció en forma de águila blanca con una verruga en la frente (¿guajolote?), y la llevó sobre sus alas volando a la cima de un monte llamado Xanóata hucazio, allí se dio cuenta que estaban reunidos todos los dioses del irechequa, los dioses de la mano izquierda, y los de la mano derecha. Ahí, el dios Curita caheri, mensajero de los dioses, y su hermano Tirípamenquanéncha, explicaron como el primero fue a oriente, donde estaba la madre Cueráuaperi, y los dioses Curícaueri, Xarátanga, Huréndequauécara, Querenda angápeti y otros, y ahí Cueráuaperi les dijo que “ya son criados otros hombres, nuevamente, y otra vez de nuevo han de venir a las tierras […] ¿cómo podemos contradecir esto questá ansí determinado? No sabemos qués esto…”. Los dioses trataron de contradecir este mandato de la diosa Cueráuaperi, pero ella ni siquiera dejó hablar a los demás dioses. Después dio orden de que se quebraran las tinajas de vino, dejaran de sacrificar personas ni traer ofrendas, que rajaran los atabales, y que ya no se hicieran más fogones ni ahumadas, “porque ya vienen otros hombres a la tierra; que de todo en todo han de ir por todos los fines de la tierra, a la man[o] derecha y a la man[o] izquierda y de todo en todo irán hasta la ribera del mar, y pasarán adelante y el cantar sea todo uno y que no habrá muchos cantares como teníamos, mas uno solo por todos los términos de la tierra” (Ibíd., Tercera Parte, Cap. XXI, ff. 37-37v, Pp. 235-236).

Cuando se enteró Zuangua, éste estaba borracho, y no se sorprendió, pues él ya sabía la sentencia de los dioses, pues un pescador de Tierra Caliente fue apresado por un dios-caimán, quién lo llevó a su morada, y le dijo que él era un dios, y que fuera con el cazonci Zuangua a darle el mensaje. A Zuangua debió afectarle mucho tanto el mensaje del pescador como el de la mujer del señor de Ucareo, pues en la respuesta que les dio a los sacerdotes de la diosa Cueráuaperi, dio a entender que el sería rey por un tiempo más, pero que no estaría para cuando llegaran los nuevos hombres, se lamentó por sus hijos, porque el señorío se repartiría entre ellos, y el que quedara en lugar de Curícaueri no sería señor por mucho tiempo (Alcalá, 2008 [1542], Tercera Parte, Cap. XXI, f. 38v, Pp. 238).

En nuestras pesquisas hemos encontrado otras dos referencias documentales sobre posibles presagios que ocurrieron en territorio michoacano, uno se encuentra en la Relación Geográfica de Motines de 1580, al explicar la etimología del pueblo de Pomaro se menciona: “Llámase Pomaro, que, en lenguaje de los naturales, quiere decir “coloquio de dioses”. Dicen q[ue] sus antepasados ancianos dijeron a sus hijos, lo q[ue] ahora son vivos, q[ue] antiguam[en]te, en días de su gentilidad, hicieron allí junta los DIABLOS, y hablaron grandes y muchas cosas, y de allí se derivó el n[ombr]e deste pu[ebl]o” (Acuña, 1989, P. 173). Aunque no es explicito, el pasaje nos hace recordar uno de los augurios más importantes que anunciaron la llegada de los españoles al Irechequa, el concilio de dioses en el monte Xanóata hucazio narrado en la RM (recuérdese que las noticias del fin de los dioses también se supieron por un pescador de un río de Tierra Caliente).

Otros presagios se encuentran en el Códex Plancarte, y aunque es un documento tardío del siglo XVIII, contiene información de debió haber estado asentada en fuentes más tempranas. En este testimonio podemos encontrar varias figuras retóricas que se construyeron a posteriori, presentando acontecimientos ocurridos en la época colonial, pero extrapolados a la época prehispánica. Se menciona como cuatro “diablos”, “Cuyricua y Charucu y el de Patzuemtan y la sierpe” anunciaron la llegada de conquistadores a la tierra, que poblarían hombres con sombreros de fierro, y que traerían “tvytzes” (caballos, burros y perros), que matarían a muchos de los habitantes. Otro acontecimiento es cuando se desmayó y enmudeció el ídolo de Uandaro por un cometa que se vio en el cielo, hicieron sacrificios para curarlo, y les dijo que el ya no iba a ser dios, que lo llevaran a esconder a una peña, porque ya había llegado el Dios verdadero (“Códex Plancarte”, 1993, Pp. 237-238, 241-242). Muchos de estos elementos, como la llegada de hombres extraños, con sombreros de fierro, los cuadrúpedos “tvytzes” o tuyzen que eran figuras de bledos que hacían en la fiesta de Cuingo, la aparición de astros en el cielo, el fin al culto a los dioses y la llegada de un solo Dios, son elementos presentes en la Relación de Michoacán.

Imagen 3. Documento conocido como “Genealogía de los Caciques de Carapan” (Corona Núñez, 1986, P. 43), que pertenece al mismo corpus documental de los títulos primordiales de Carapan del siglo XVIII, entre los cuales se encuentra el documento en caracteres latinos conocido como Códex Plancarte.

Las embajadas de los mexicas y crisis en la clase dominante tarasca

La irrupción de los conquistadores dejó caer todo su peso en México-Tenochtitlán, capital de la principal potencia en Mesoamérica, que fue sitiada por un puñado de españoles y una gran cantidad de aliados indígenas. Es probable que Motecuhzoma II y los siguientes gobernantes mexicas hayan enviado diferentes embajadas solicitando ayuda a sus principales enemigos los tarascos, incluso desde que los españoles llegaron a tierras continentales en 1519, y que el relato que se registra en la Relación de Michoacán sea una síntesis de dichas embajadas. Benedict Warren menciona que “hay que tener en cuenta, a propósito de esta confusión [en las diversas fuentes], que la Relación [de Michoacán] sobrepone algunas veces series de hechos semejantes y los presenta como un solo incidente, y es posible que en esta narración hayan sido reunidas en una sola, las historias de varias embajadas” (Warren, 1989, P. 27). Hernán Cortés mencionó casi al final de la segunda carta-relación como después de la derrota de la Noche Triste (30 de junio-1 de julio de 1520) y su posterior retirada a Tlaxcala y Segura de la Frontera, que

“y ahora de poco a acá he así mismo sabido que el dicho Cuetravacin [Cuitláhuac] ha enviado sus mensajeros por todas las tierras y provincias y ciudades sujetas a aquel señorío, a decir y certificar a sus vasallos que él les hace gracia por un año de todos los tributos y servicios que son obligados a le hacer, y que no le den ni le paguen cosa alguna, con tanto que por todas las maneras que pudiesen hiciesen muy cruel guerra a todos los cristianos hasta los matar o echar de toda la tierra; y que así mismo la hiciesen a todos los naturales que fuesen nuestros amigos y aliados; y aunque tengo esperanza en Nuestro señor que en ninguna cosa saldrán con su intención y propósito, hállome en muy extrema necesidad para socorrer y ayudar a los indios nuestros amigos, porque cada día vienen de muchas ciudades y villas y poblaciones a pedir socorro contra los indios de Culúa, sus enemigos y nuestros, que les hacen cuanta guerra pueden, a causa de tener nuestra amistad y alianza, y yo no puedo socorrer a todas partes, como querría. Pero, como digo, placerá a Nuestro Señor, suplir a nuestras pocas fuerzas, y enviará presto el socorro, así el suyo como el que yo envío a pedir a la Española” (Cortés, [Segunda carta de relación, 30 de octubre de 1520], 1975, P. 96).

Podemos considerar que algunas de estas embajadas tuvieron como misión llegar a Tzintzuntzan a pedir auxilio a los tarascos, después de la Noche Triste. En una primera embajada narrada en la Relación de Michoacán, Motecuhzoma II envió diez mensajeros a Zuangua, le explicaron a través del interprete Nuritan lo siguiente:

“el señor de México llamado Montezuma nos envía, y otros señores, y dijéronos: id a nuestro hermano el cazonçi, que no sé qué gente es una que ha venido aquí y nos tomaron de repente, habemos habido batalla con ellos y matamos de los que venían en unos venados, caballeros doscientos, y de los que no traían venados, otros doscientos. Y aquellos venados traen calzados cotaras de hierro, y traen una cosa que suena como las nubes y da un gran tronido y todos los que topa mata, que no quedan ningunos y nos desbaratan. Y han nos muerto muchos de nosotros y vienen los de Tascala con ellos, como había días que teníamos rencor unos con otros, y los de Tezcuco. Y ya los hobiéramos muerto si no fuera por los que los ayudan, y tiénen nos cercados, aislados en esta cibdad. ¿Cómo, no vendrían sus hijos ayudarnos? El que se llama Tirímarasco y otro Cuyni y otro Azinche y trairían su gente y nos defenderían. Nosotros proveeremos de comida a toda la gente, que aquella gente que ha venido está en Taxcala, allí moriríamos todos.” (Alcalá, 2008 [1542], Tercera Parte, Cap. XX, ff. 39v-40, Pp. 242).

Zuangua desconfiado por la enemistad histórica entre tarascos y mexicas y que pudiera tratarse de una trampa, dijo que no tenía a quién enviar, y que sus hijos estaban en las cuatro partes del mundo conquistado. Les dio aposento a los embajadores mexicas, y entró en consejo con los demás señores, y mencionó:

“¿qué haremos?, gran trabajo es éste de la embajada que me han traído. ¿Qué haremos? ¿Qués lo que nos [ha] acontecido?. Que el sol estos dos reinos solía mirar, el de México y éste. No habemos oído en otra parte que haya otra gente; aquí sirvíamos a los dioses. A qu[é] propósito tengo de inviar la gente a México, porque de contino andamos en guerras y nos acercamos unos a otros, los mexicanos y nosotros, y tenemos rencores entre nosotros. Mirá, que son muy astutos los mexicanos en hablar y son muy arteros a la verdad, yo no tengo nescesidad, según les dije; mirá, no sea alguna cautela. Como no han podido conquistar algunos pueblos quiérense vengar en nosotros y llevarnos por traición a matar y nos quieren destruir. Vayan estos navatlatlos y intérpetres que les he dicho que irán, que no son muchachos para hacello como mochachos, y éstos sabrán lo que es.” (Ibíd., Tercera Parte, Cap. XX, f. 40, Pp. 241).

Zuangua ordenó a los interpretes Nuritan, Piyo y otros dos, que acompañaran a los embajadores y confirmaran lo acontecimientos de México-Tenochtitlan; pero también envió gente de guerra por otro camino para tener más noticias. Esté ejército encontró a tres otomíes que venían huyendo de la guerra, y contaron que “los mexicanos son conquistados, no sabemos quién son los que los conquistaron. Todo México está hediendo de cuerpos muertos y por eso van buscando ayudadores que los libren y defiendan; esto sabemos, cómo han enviado por los pueblos por ayuda” (Ibíd., Tercera Parte, Cap. XX, f. 40v, Pp. 242).

Imagen 4. Lámina XLIII de la Relación de Michoacán (Alcalá, 2008 [1542], P. 239), ilustra el momento en que los embajadores mexicas dieron presentes al cazonci Zuangua, entre los que se encontraban turquesas, chalchihuites, mantas ricas, taparrabos, espejos, un chimalli, plumas largas verdes (¿de quetzal?), y por lo menos tres objetos españoles: una espada, una ballesta y una adarga. Durante el sitio de México-Tenochtitlan, los mexicas mostraron varios trofeos a los aliados indígenas para mermar la moral; Cortés mencionó que: “En este comedio los de la ciudad tuvieron lugar de enviar sus mensajeros a muchas provincias a ellos sujetas, a decir cómo habían habido muchas victorias y muerto muchos cristianos, y que muy presto nos acabarían; que en ninguna manera tratasen paz con nosotros; y la creencia que llevaban, eran las dos cabezas de caballos que mataron y otras algunas de los cristianos, las cuales anduvieron mostrando por donde a ellos les parecía que convenía, que fue mucha ocasión de poner en más contumacia a los rebelados que de antes; mas con todo, porque los de la ciudad no tomasen más orgullo…”. (Cortés, [Tercera carta de relación, 15 de octubre de 1522], 1975, P. 148).

En lo que esperaron el regreso de los intérpretes Nuritan, Piyo y otros dos, Zuangua conferenció con otros señores y sacerdotes sobre quienes eran estas gentes, pues de todo lo que tenían conocimiento, así como lo dicho por sus antepasados, no podía explicar quién era esta gente. Tratando de dar respuesta de donde venía estos extraños, rebuscaron entre las fábulas que contaban, y dijeron que debían venir de dónde el cielo se une con el mar; y los venados que traían, no eran otros que el animal en que se convirtió el dios Cúpanzieeri, sacrificado por jugar a la pelota con el dios Achuri hirepe, y rescatado por el hijo del primero llamado Sirátatápezi; también mencionaron como los dioses Tirípimencha se le aparecieron a una anciana de Ihuatzio y le anunciaron el malestar de los Dioses Engendradores por no ser obedecidos, y que los dioses se iban a ir de allí a Tzintzuntzan, e iban a regresar a su morada original en Uayameo (actual Santa Fe de la Laguna).También consideraron que los españoles eran entes sobrenaturales que habían venido de donde el cielo se une con el mar. Después de acabada la plática, Zuangua ordenó que todos fueran más esforzados, y que llevaran más leña a los fogones, para esperar la llegada de esta gente, “acabó Zuangua su plática y habían muchos pareceres entrellos, contando sus fábulas según lo que sentía cada uno y estaban todos con miedo de los españoles.” (Ibíd., Tercera Parte, Cap. XXI, f. 41v, P. 244).

Después de un tiempo regresaron los intérpretes que mandó Zuangua con los embajadores mexicas. Nuritan y Piyo le platicaron al cazonci como habían entrado a México-Tenochtitlán en una canoa de noche para romper el sitio hispano-indígena. Los recibió el último huey tlatoani Cuauhtémoc (La Relación de Michoacán menciona a “Montezuma”, pero para el tiempo de la caída de Tenochtitlán, el huey tlatoani era Cuauhtémoc). Los embajadores tarascos mencionaron que

“Y lleváronnos en unas canoas y tomamos puerto en Tezcuco y sobimos encima un monte y desde allí nos mostraron un campo largo y llano, donde estaban, y dijéronnos: “vosotros, los de Mechuacan, por allí vendréis y nosotros iremos por otra parte y ansí los mataremos a todos, ¿por qué no los mataremos? Porque oímos de vosotros, los de Mechuacan, que sois grandes flecheros, tenemos confianza en vuestros arcos y flechas. Mirá, que ya los habéis vísto, llevad estas nuevas a vuestro señor y decidle que le rogamos mucho que no quiebre nuestras palabras; que crea esto que le decimos, que tenemos de nuestros dioses, que nos han dicho que nunca se ha de destruir México ni nos han de quemar las casas. Dos reinos son nombrados: México y Mechuacan.” (Ibíd., Tercera Parte, Cap. XXII, f. 42, P. 245).

Cuauhtémoc le dijo a los embajadores tarascos que sería mejor morir todos ahí luchando, que morir cada uno por su lado, que no quebrara estas palabras. A pesar de conocer la situación desesperada de los mexicas, el desconfiado Zuangua decidió no enviar ayuda a los mexicas, que si iban a ser destruidos, que fuera cada uno por su lado, mencionó: “¿A qué habemos de ir a México? Muera cada uno de nosotros por su parte; no sabemos lo que dirán después de nosotros y quizá nos venderán a esas gentes que vienen y nos harán matar. Haya aquí otra conquista por sí, vengan todos a nosotros con sus capitanías” (Ibíd., Tercera Parte, Cap. XXII, f. 42v, P. 246). Además esgrimió que los tarascos sí cortaban leña para los fogones, y los mexicas sólo les cantaban a los dioses, que eso enojó a los dioses, y por eso estaban destruyendo a los mexicanos, y que tal vez los dioses perdonaran a los tarascos si cortaban más leña para los cúes. En 1553, el gobernador de Erongarícuaro llamado Juan Chichique, de más de 70 años (nacido ca. 1480), declaró en la relación de méritos y servicios de Antonio Huitziméngari información que confirma lo mencionado en la Relación de Michoacán, pues

“…este testigo vido, que Moctezuma señor que fue de México envió a decir al dicho Cazonci, al tiempo que los españoles vinieron, que se juntasen y los echasen de la tierra, y, que el dicho Cazonci les envió sus mensajeros y le respondió, que hiciese él en su provincia lo que él quisiese pues se tenían por valientes e que la vez que a la suya viniesen él sabría lo que hacer, y que por esto lo sabe” (Aguilar y Afanador, 2018, P. 201).

Con las embajadas mexicas también llegó al Tzintzuntzan Irechequa la pestilencia que había azotado otras regiones de Mesoamérica, la viruela y el sarampión. La Relación de Michoacán menciona como el cazonci Zuangua, parte de los señores y la casta sacerdotal murieron por estas enfermedades, que fueron interpretadas como agüeros. El Códex Plancarte da la fecha de 1519 para la muerte de Zuangua: “1519 en este año entraron los españoles en México y en este mesmo año murió el Rey Tziuanqua en Tzintzontzan y salió electo por Rey de Tzintzontan [Tzintzincha]…” (“Códex Plancarte”, 1993, P. 245). Sin embargo, la viruela llegó a Mesoamérica por un esclavo negro enfermo, de nombre Francisco Eguía, que venía en la expedición punitiva de Pánfilo de Narváez, quienes tocaron tierra en Veracruz en abril de 1520, por lo Warren coloca la muerte de Zuagua entre el fin del verano y durante el otoño de 1520 (Warren, 1989, P. 29). Quedaron entonces los hijos de Zuangua como posibles herederos al trono: Tangáxoan Tzintzincha, que era el mayor, Tirímarasco, Hazinche y Cuyni. Durante este interregno, llegó otra embajada mexica pidiendo ayuda, pero el hijo del cazonci, Tzintzincha, se desentendió de la ayuda solicitada por los mexicas, aludiendo que la embajada era para su padre muerto, y que tenían que ir al inframundo para dársela a Zuangua, por lo que los mandó sacrificar (Alcalá, 2008 [1542], Tercera Parte, Cap. XXII).

La elite sobreviviente tarasca entró en consulta para elegir al nuevo cazonci, los señores tarascos prácticamente obligaron al hijo mayor del cazonci muerto, Tzintzincha Tangáxoan, a que fuera señor, pues él quería que sus hermanos fueran señores y el sería como su padre, o que Paquíngata, señor de Ihuatzio e integrante de la familia real uacúsecha, fuera elegido, pero los señores de la nobleza tzintzuntzeña le dijeron que él tenía que ser señor, aceptando el cargo con pesadumbre. La familia real uacúsecha sufrió otro fuerte golpe, cuando Tzintzincha, inducido por un principal muy importante llamado Timas, mató a sus hermanos, so pretexto que ellos se acostaban con sus mujeres y que se querían levantar con el señorío, “y después lloraba que habían muerto sus hermanos y echaba la culpa a aquel principal llamado Timas.” (Ibíd., Tercera Parte, Cap. XXIII, f. 43v, P. 248).

Imagen 5. Mapa que muestra las rutas aproximadas de las expediciones españolas que visitaron el Tzintzuntzan Irechequa antes de la conquista de Michoacán. Elaborado por Carla E. Naranjo Trejo (Carvajal Medina, 2019, P. 732).

Las primeras expediciones españolas en territorio tarasco

Para este punto la llegada de los españoles era inminente, y el primer contacto entre  un español y los tarascos ocurrió el 23 de febrero de 1521, con la presencia de un español sobre un caballo blanco, en la fortaleza fronteriza de Taximaroa durante 2 días. La fecha es emblemática pues durante esos días se celebraba la fiesta de Purecoraqua (“fiesta de la guerra”), y debió tomarse como un augurio importante; según la Relación de Michoacán, el español estuvo dos días en Taximaroa, y volvió a México con una embajada de nobles tarascos (Ibíd.,  Tercera Parte, Cap. XXIV, f. 44v, P. 250). Benedict Warren identifica a éste español con un tal Porrillas o Parrillas, y probablemente está visita corresponda a otra que atestiguaron los hermanos Juan de Herrera y Pedro Hernández en su probanza de méritos y servicios, soldados al mando de Pedro de Alvarado durante el sitio de Tenochtitlán. Se deduce que Juan Herrera, Juan Francés y un cierto Porras guiados por matlatzincas, llegaron a la frontera de Michoacán, y regresaron al campamento de Pedro de Alvarado con “ciertos indios y otras cosas” (Warren, 1989, Pp. 30-33). Gracias a esta expedición, Hernán Cortés tuvo noticias sobre las riquezas del Tzintzuntzan Irechequa.

Para el 13 de agosto de 1521, los españoles junto con sus aliados indígenas, lograron conquistar la ciudad de México-Tenochtitlán tras 80 días de un duro sitio. La noticia de la destrucción de la capital de la mayor entidad política de Mesoamérica se extendió rápidamente, y Tzintzincha Tangáxoan envió pocos días después una embajada a Cortés. En está embajada, los tarascos sabían que la gente extraña eran vasallos de un gran señor del otro lado del mar, querían comprobar que los mexicas habían sido destruidos, y tratar de no enemistarse con los españoles, quienes les preguntaron que si desde sus tierras se podía llegar al océano Pacifico, y contestaron que sí se podía llegar, pero que no podían pasar por estar en guerra con un gran señor (probablemente el de Zacatula). La embajada duró tres o cuatro días, y Cortés hizo escaramuzar a los jinetes para impresionar a los tarascos, y determinó enviar españoles a Michoacán (Cortés, [Tercera carta de relación, 15 de octubre de 1522], 1975, P. 163; Warren, 1989, Pp. 33-34).

Imagen 6. La Captura de Guatimoc (Cuauhtémoc) en la Laguna de Texcoco, Óleo sobre tela, Luis Coto (1830-1891), Museo Nacional de Arte, Ciudad de México (Fotografía de José Reséndiz A., 2016). Hernán Cortés relató la captura de Cuauhtémoc de la siguiente forma: “Y los bergantines entraron de golpe por aquel lago y rompieron por medio de la flota de canoas, y la gente de guerra que en ellas estaba ya no osaban pelear. Y plugo a Dios que un capitán de un bergantín, que se dice Garci Holguín, llegó en pos de una canoa en la cual le pareció que iba gente de manera; y como llevaba dos o tres ballesteros en la proa del bergantín e iban encarando en los de la canoa, hiciéronle señal que estaba allí el señor, que no tirasen, y saltaron de presto, y prendiéronle a él y a aquel Guatimucín y a aquel señor de Tacuba, y a otros principales que con él estaban; y luego, el dicho capitán Garci Holguín me trajo allí a la azotea donde estaba, que era junto al lago, al señor de la ciudad y a los otros principales presos, el cual, como le hice sentar no mostrándole riguridad ninguna, llegóse a mi y díjome en su lengua que ya él había hecho todo lo que de su parte era obligado para defenderse a sí y a los suyos hasta venir a aquel estado, que ahora hiciese de él lo que yo quisiese; y puso la mano en un puñal que yo tenía, diciéndome que le diese de puñaladas y le matase. Y yo le animé y le dije que no tuviese temor alguno; y así, preso este señor, luego en este punto cesó la guerra, a la cual plugo a Dios Nuestro Señor dar conclusión en martes, día de San Hipólito, que fue 13 de agosto de 1521” (Cortés, [Tercera carta de relación, 15 de octubre de 1522], 1975, P. 162).

Una segunda expedición fue despachada a Michoacán en otoño de 1521 conformada por Antonio Caicedo y otros dos españoles más, quienes llegaron hasta Tzintzuntzan, ahí fueron bien recibidos por Tzintzincha, quién organizó una demostración de fuerza al presentar a un grupo de cazadores con muchos venados cazados y trató de infundir temor a los extraños, aunque les hizo muchos presentes de oro y plumajes, y les dio el tratamiento de “dioses del cielo”. Los españoles le dijeron al cazonci que traían cosas para rescatar, y que querían mercarlas, les dio permiso para que fueran con los mercaderes, pero en secreto dio la orden de que nadie les rescatara nada, pero algunos de los miembros de la casta sacerdotal, les dieron mantas de sus dioses a cambio de lo que traían de México. Antes de regresar a México, los españoles le regalaron diez puercos y un perro para que cuidara a su mujer, pero al ver a esos animales extraños, lo tomó por agüero, y los mandó sacrificar y tirarlos en los herbazales. Además los españoles pidieron dos mujeres parientas del cazonci, y debido a que se acostaron con ellas, según fray Jerónimo de Alcalá, los indígenas les empezaron a llamar tarascue (“yerno” o “suegro”), de donde supuestamente viene el gentilicio “tarasco” (Alcalá, 2008 [1542], Tercera Parte, Cap. XXIII, f. 44, P. 249).

Después de la visita de los españoles, Tzintzincha tenía intenciones de visitar personalmente a Cortés en Coyoacán, pero cambió de opinión por consejo de sus cortesanos, y mandó a sus hermanos adoptivos, Tashauacto y Cuiniarángari (mencionados más a menudo como Huitzitziltzi y don Pedro respectivamente), con otros hombres y muchos cargadores con regalos para Cortés, siendo un total de casi mil personas. La embajada llegó a mediados de noviembre de 1521 y el encuentro duró de 4 a 5 días. En México, los embajadores tarascos vieron la destrucción causada en México-Tenochtitlán, se entrevistaron con los señores mexicas derrotados, los españoles impresionaron a los embajadores tarascos con ejercicios ecuestres, disparos de arcabuces y la destrucción de una torre (¿templo?) con la artillería, “e hícelos llevar a ver la destrucción y asolamiento de la ciudad de Temixtitan, que de la ver, y ver su fuerza y fortaleza, por estar en el agua, quedaron muy más espantados”. Cortés les mencionó que quería entrevistarse con su hermano el cazonci, días después regresaron a Tzintzuntzan a dar noticias de lo visto, y los tarascos empezaron a hacer preparativos en caso de confrontación. (Cortés, [Tercera carta de relación, 15 de octubre de 1522], 1975, P. 166; Warren, 1989, Pp. 36-38).

Una tercera expedición llegó a territorio tarasco, en esa ocasión, Francisco Montaño, Diego Peñalosa, Gaspar de Tarifa y Bartolomé López, al legar a Tzintzuntzan pidieron veinte principales con mucha gente para ir hacia Colima, la expedición se detuvo en un pueblo llamado Háczquaran (lugar no identificado), ahí los españoles esperaron, y enviaron a los principales tarascos por delante, pero nadie regresó porque fueron sacrificados por sus enemigos de Colima, acto de guerra con el cuál los últimos se prepararon para enfrentarse a tarascos y españoles en el futuro. Es entonces que los expedicionarios españoles resolvieron en volver a Tzintzuntzan y de ahí a México (Alcalá, 2008 [1542], Tercera Parte, Cap. XXIII). El cazonci Tzintzincha mandó 8 señores como embajadores y 800 cargadores para llevar regalos y comida a Cortés. La visita de los españoles dejó en extremo desconcertado a Tzintzincha, no sabiendo cómo actuar ante la situación, adoptó una actitud pesimista, ya que no había nada que hacer ni a donde huir de la llegada de las nuevas gentes. Además, estas expediciones a través de territorio tarasco, así como la información intercambiada por las embajadas, le permitió a Hernán Cortés tener conocimiento de la situación y mandar la expedición definitiva que pondría al Tzintzuntzan Irechequa bajo control hispano.

Imagen 7. “El maestre de Campo Cristóbal de Olid de Úbeda, pacificador de Mechoacan” (detalle), según grabado de la crónica conocida como Décadas de Herrera (Herrera y Tordesillas, 1726 [1615], T. II, portada).

 

La conquista de Michoacán por Cristóbal de Olid

Hernán Cortés encargaría a uno de sus hombres más cercanos la conquista del Tzintzuntzan Irechequa, el capitán Cristóbal de Olid (1488–1524), que salió para Michoacán en julio de 1522. Las fuentes documentales existentes proporcionan números muy variados sobre cuantos elementos conformaban la fuerza expedicionaria de Cristóbal de Olid para subyugar al irechequa. La Relación de Michoacán menciona llanamente que venían 200 españoles; Hernán Cortés en las Cartas de Relación menciona que mandó 70 de a caballo, 200 peones bien armados y artillería; mientras que una sección del juicio de residencia de Cortés proporciona otras cifras más detalladas, una fuerza de 174 españoles, conformada por 13 oficiales de varios grados, otras 28 gentes de a caballo, 18 ballesteros, 2 escopeteros, 113 gentes de a pie, y que en opinión de Benedict Warren, este testimonio “nos da una visión bastante autorizada del ejército”, aunque sólo aparecen los sobrevivientes y no se mencionan las bajas (Warren, 1989, P. 51).

Los aliados del centro de México debieron superar por varios miles de efectivos, según Fernando de Alva Ixtlilxochitl, un antepasado de él texcocano, fue a Michoacán como auxiliar de Olid con 100 españoles de a pie, 40 a caballo, y con 5000 hombres para su servicio y ayuda (Alva Ixtlilxóchitl, 1985, P. 825); en efecto, Cortés mencionó a un capitán indígena de Texcoco que ayudó a los españoles durante la conquista de México-Tenochtitlan, de nombre “Istlisuchil, que es de edad de veintitrés o veinticuatro años, muy esforzado, amado y temido de todos…” (Cortés, [Tercera carta de relación, 15 de octubre de 1522], 1975, P. 138). Lamentablemente los testimonios sobre la llegada de Olid a Michoacán son escasos, y el más completo es el que dictó don Pedro Cuiniarángari en la Relación de Michoacán, por lo que la historia se vuelve oscura en este punto.

Imagen 8. Mapa que muestra la ruta aproximada que siguió Cristóbal de Olid para conquistar el Tzintzuntzan Irechequa. A pesar de la variedad de versiones de cómo fue esta campaña, el teatro de operaciones es el mismo en las diversas fuentes. Elaborado por Carla E. Naranjo Trejo (Carvajal Medina, 2019, P. 735).

Las noticias de una inminente invasión española al Tzintzuntzan Irechequa llegaron a la capital tarasca, cuando el 17 de julio, durante la fiesta de Cahera cónsquaro, Cristóbal de Olid llegó a la fortaleza fronteriza de Taximaroa. Tzintzincha juntó a los viejos y señores para establecer que hacer, allí estuvieron “Timas que le llamaba tío el cazonçi, que tenía mucho mando y no era su tío; y otro llamado Ecango; otro Quézequaparé; y Tasháuacto, por otro nombre llamado Vizizilçi; y Cuýniarángari, don Pedro, que eran hermanos él y Tashábacto, y otros señores” (Alcalá, 2008 [1542], Tercera Parte, Cap. XXIV, f. 44v, P. 250). Tzintzincha determinó que había que mandar correos por todo el Tzintzuntzan Irechequa para que la gente de guerra llegara a Tzintzuntzan para defenderla, que sí iban a morir como los mexicas, que murieran todos juntos, y que para eso tenían a todos esos pueblos subyugados, para acrecentar las flechas de Curícaueri.

Los tarascos ya habían iniciado obras defensivas para enfrentar a los españoles, al parecer desde el último año de reinado de Zuangua. La mayoría de las referencias se localizan en títulos de tierras de pueblos de la cuenca de Pátzcuaro y en el Códice Plancarte, complementando la información de la Relación de Michoacán, que menciona que se planearon preparativos para la defensa en contra de los españoles. En el Códex Plancarte se mencionó que:

“1519 en este año entraron los españoles en México y en este mesmo año murió el Rey Tziuanqua en Tzintontzan [sic. 1520] y salió electo por Rey de Tzintzontzan [Tzintzincha Tangánxoan] y este mandó que se juntasen todos los naturales de todo el reino. Luego sin dilación ninguna se juntaron sin que quedara persona ninguna y disputaron que harían pozos donde estar enterrados y escondidos desde la cumbre del monte grande de Tzananbo que está al frontero de la laguna de Tzintzunzan hacia la parte del oriente por el camino de Valladolid y querían que el camino por en medio de los pasos y trinchas que ordenaban hacer para darles bien guerra á los españoles conquistadores. Esto había ordenado el Rey Thangajoan. Año de 1522 en Tzintzuntzan entraron los españoles” (“Códex Plancarte”, 1993, P. 245).

En los “Títulos primordiales de Jarácuaro”, también se hizo mención a este episodio de la conquista del Tzintzuntzan Irechequa; se menciona que después de que se tuvo noticia de la llegada de Hernán Cortés y de los españoles a México:

“…fué comunicado a todos los Reyes para que se previnieran cuando vinieran los españoles a Zinzunzan.

El año de mil quinientos diez y nueve se juntaron todos los Reyes en Zinzunzan a consultar y mandaron a todos los indios que hicieran fosas por los caminos para que al tiempo de venir los españoles, se escondiesen en estas fosas y que de repente les salieran y les mataran. Pero volviéndose a consultar otros Reyes les pareció mal lo que habían dispuesto y mandaron que fueran recibidos de paz los españoles, para lo cual dispusieron provisiones de maíz, huevos, zacate y otras cosas para el recibimiento, todo lo cual se verifico el año de mil quinientos veinte y dos” (García Alcaraz, 1970, P. 32).

Aquí es significativo que se mencionen dos reuniones de los señores del irechequa, una en 1519, es decir todavía en vida de Zuangua haciendo preparativos para enfrentar a los españoles, y una posterior para ordenar que no se hicieran fosos y trampas, y prepararse para recibir a los españoles, quizás esto ya haya sido ordenado en el reinado de Tangáxoan Tzintzincha ante la inevitable llegada de los europeos. Contraria a la idea de que Tangáxoan II fue un gobernante débil, carácter presente en la versión de don Pedro Cuiniarángari, quien se benefició con la muerte del primero en 1530, en otros documentos posteriores tenemos a un cazonci que primero se planteó enfrentar a los españoles, aunque después se decidió por recibirlos en paz. En la Relación Geográfica de Pátzcuaro de 1581, cuyos informantes indígenas reivindicaron la actuación de Tangáxoan II de recibir a los españoles en paz, se menciona que el último cazonci fue “…TANGAJUAN, q[ue] por sobrenombre desta tierra llamaban TZINTZINCHA, que quiere decir “hombre q[ue] edifica fortalezas”, porque hizo [y] edificó muchas, y fue muy valeroso en guerras” (Acuña, 1986, P. 199). Quizás el sobrenombre haya nacido con la orden de preparar estas obras defensivas contra los españoles (Carvajal Medina, 2019, P. 603).

Tzintzincha mandó a Cuiniarángari con otro principal llamado Muçúndira a que hiciera gente de guerra en Taximaroa y su frontera en Ucáreo, Acámbaro, Araró y Tuzantla. En el camino, se encontraron con un principal de Taximaroa que se llamaba Quézequaparé, quien le informó que ya estaban todos muertos en la fortaleza de Taximaroa. Cuando llegó a su destino, Cuiniarángari encontró la ciudad desierta, y fue capturado por los españoles. Por medio de un nahuatlato llamado Xanaqua, Cristóbal de Olid le preguntó a Cuiniarángari de dónde venía, este le respondió que el cazonci lo había enviado para recibir a los dioses, pero Olid no le creyó, ya que sospechaba de la emboscada, por lo que le dijo a Cuiniarángari que vería al cazonci en un lugar llamado Quangáçeo, cerca de Charo, y que trajera mantas ricas, gallinas, huevos y pescado. Cuiniarángari vio como un religioso español hacía misa los españoles (la primera misa católica celebrada en Michoacán), y temió que en el cáliz “vieran” la emboscada, cómo “veían” los médicos y hechiceros indígenas en el agua. Xanaqua le dijo a Cuiniarángari que no temieran, que los españoles eran muy liberales, y que trajeran el oro, plata, maíz y mantas. De regreso a Tzintzuntzan, Cuiniarángari disgregó un ejército de ocho mil hombres de Indaparapeo cuyo capitán era Xamando, y otro ejército de ocho mil hombres en Hetúquaro (actual Tarimbaro), que estaban bajo las órdenes de su hermano Huizizilzi, con el pretexto de que los españoles no venían enojados, al contrario, que eran muy liberales y querían ver al cazonci en Quangáçeo (lugar no identificado cerca de Charo), y tenía que llevar la noticia a Tzintzuntzan (Alcalá, 2008 [1542], Tercera Parte, Cap. XXIV).

De regreso a Tzintzuntzan, Cuiniarángari tuvo noticia que Timas y otros señores se quisieron levantar con el señorío, le dijo al cazonci que era mejor ahogarse todos en el lago, pues “¿fueron por ventura tus agüelos y tus antepasados esclavos de alguno para querer ser tú, esclavo? […] ¿eres por aventura mazegual y de baja suerte?…”. Cuiniarángari se opuso a que Tzintzincha se ahogara, pues vio el engaño que le hacían los señores, que lo incitaban a que se lanzara el primero cargado de cobre al lago de Pátzcuaro, que y los demás lo seguirían. Antes de que lo obligaran a morir, Tzintzincha logró escapara a un monte, y luego a Uruapan, quedando a cargo Huizizilzi y Cuiniarángari de la defensa de Tzintzuntzan. Esta versión de los acontecimientos, es decir, del intento de ahogamiento de Tzintzincha y su posterior escape, sólo aparece en el testimonio que dejó don Pedro Cunierangari en la Relación de Michoacán (Ibíd., Tercera Parte, Cap. XXV). Existen otras fuentes y varios testimonios posteriores a 1522 que mencionan que Tzintzincha no huyó y recibió a los españoles en Tzintzuntzan, en Pátzcuaro o Guayangareo (hoy Morelia), sin embargo, la contradicción en las fuentes es insalvable (Warren, 1989, P. 60).

Siguiendo el relato de la Relación de Michoacán, Cristóbal de Olid envió a diez mensajeros mexicas a Tzintzuntzan, y ahí le contaron que estaban muy tristes porque el cazonci había muerto en el lago, y decidió marchar hacia la capital tarasca. Antes de que llegaran los españoles, los tarascos sacrificaron 800 prisioneros, ya que temían a que huyeran o se pasaran del lado de los conquistadores. Cuiniarángari y Huizizilzi salieron a recibir a Cristóbal de Olid en un lugar llamado Api, a media legua de la ciudad (al este de Tzintzuntzan, probablemente en las faltadas del cerro Puréperio, actual cerro Yarahuato, donde hicieron una raya y fortificaron), al frente de un ejército considerable, probablemente 80,000 guerreros. Los tarascos les advirtieron a los españoles que no pasaran la raya, que los matarían, después de dialogar y del momento de tensión, los comandantes de ambos ejércitos se recibieron bien y se abrazaron. La Relación de Michoacán describió ese momento de gran dramatismo de la siguiente manera:

“Y saliéronles a rescibir de guerra Huiçizilzi y su hermano don Pedro y todos los caciques de la Provincia y señores con gente de guerra. Y llegaron a un lugar, obra de media legua de la cibdad por el camino de México en un lugar llamado Api, y hicieron allí una raya a los españoles y dijéronles que no pasasen más adelante, que les dijesen a qué venían, que si los venían a matar. Respondióles el capitán: “no os queremos matar, veníos de largo aquí adonde estamos, quizá vosotros nos queréis dar guerra.” Dijeron ellos: “no queremos.” Díjoles el capitán Cristóbal de Olí: “pues dejá los arcos y flechas y vení donde nosotros estamos”. Y dejáronlos y fueron donde estaban los españoles parados en el camino, todos los señores y caciques con algunos arcos y flechas, y rescibiéronlos muy bien y abrazáronlos a todos, y llegaron todos a los patios de los qúes grandes y soltaron allí los tiros, y cayéronse todos los indios en el suelo de miedo, y espenzaron a escaramuzar en el patio, que era muy grande” (Alcalá, 2008 [1542], Tercera Parte, Cap. XXV, f. 48, P. 257).

No hay fecha exacta de cuándo fue la llegada de Cristóbal de Olid a Tzintzuntzan, pero debió haber llegado después del 20 de julio; según unos títulos primordiales de Tzurumútaro, un tal cacique Sirian recibió la Santa Fe, el bautizo, el santo óleo, los mandamientos y la doctrina el 21 de julio de 1522 cuando los españoles llegaron a Tzintzuntzan (“Títulos de un antiguo pueblo tarasco”, 1970, Pp. 24-25.); y según el testimonio de Pedro de Vargas, miembro de la expedición, los españoles entraron “en la capital tarasca en la fiesta de Santiago de Compostela, es decir, el 25 de julio de 1522” (Warren, 1986, P. 59. Apud. “Probanza de méritos y servicios de Cristóbal de Maeda, 1544”, AGI, Patronato, leg. 63, ramo 18).

Imagen 9. Lámina XLIV de la Relación de Michoacán (Alcalá, 2008 [1542], P. 253), donde se representó la entrada de los españoles en la ciudad de Tzintzuntzan, capital tarasca. En el extremo superior izquierdo se observan 3 jinetes españoles armados con lanzas, espadas y adargas. En el lado superior derecho vemos al cazonci Tzintzincha en su palacio con sus consejeros señalando la llegada de los españoles. En el resto de la lámina se puede observar a los pobladores huyendo con sus cosas, ya sea a cuestas o en canoas, las mujeres se encuentran llorando, escondiéndose en el monte con sus hijos en brazos.

Las fuentes donde se menciona que Tzintzincha sí se recibió a Cristóbal de Olid son varias, pero al igual que la versión de Pedro Cuiniarángari, hay trasfondos políticos que comprometen la veracidad de los acontecimientos. En uno de los documentos que Quiroga mandó realizar para justificar el cambio de sede catedralicia, el testigo español Suero Australiano contestó que

“…el pueblo de Pascuaro y este sitio [Tzintzuntzan] es todo ciudad de Mechuacan y los indios de aquí y de allá son todos unos y un principal los gobierna a todos como una cosa, y que vio muchos cúes y casas de placer del Cazonci que era señor de esta provincia y muy gran población junto a ellas, y que el sitio adonde ahora está la iglesia [Tzintzuntzan] era casa de contratación adonde el dicho Cazonci venía a negociar con los naturales y españoles mas que el más tiempo vivía en Pásquaro porque es asiento fresco de arboledas, aguas, tierras muy buenas, lo cual que no tiene este sitio.” (“Información de don Vasco de Quiroga sobre el asiento de su iglesia catedral, 1538” [19 de septiembre de 1538,] en: Warren, 1989, Apéndice X, P. 445-446).

Este testimonio es un par de años anterior al de Pedro Cuiniarángari registrado en la Relación de Michoacán, y es importante porque mencionó como era Tzintzuntzan donde el cazonci trataba con los españoles. La nobleza tarasca, especialmente el linaje uacúsecha y sus allegados, reivindicaron constantemente como el cazonci había entregado en paz el reino, y cooperado con la colonización y evangelización del territorio. En 1554 Diego Hernández Nieto declaró a favor de los derechos de Antonio Huitziméngari que “e que este testigo vido, que desde que entraron los españoles en la dicha provincia de Michoacán fueron bien servidos e recibidos al uso de su tierra hasta que llegaron a la ciudad de Huchichila [Tzintzuntzan] donde estaba el dicho Cazonci, el cual salió a recibir al dicho Cristóbal de Olid de paz” (Aguilar y Afanador, 2018, P. 166). En el mismo documento, Jorge Carrillo, soldado que participó en la conquista de Michoacán a las órdenes de Cristóbal de Olid, declaró

“que al tiempo que fueron a conquistar la dicha provincia de Michoacán como dicho tiene, este testigo fue a la conquista con el dicho Capitán Cristóbal de Olid e vido que el dicho Cazonci, padre de don Antonio, estaba muy prospero e rico de mucho oro e plata que tenia e de mucha gente bien aderezada de armas conforme a la usanza de esta tierra, y tenían muchos bastimentos, por lo cual le parece a este testigo, que se pudieran defender de los españoles y hacerles mucho daño porque les salio a recibir más de doscientos mil hombres de los naturales de la dicha provincia de Michoacán con sus armas, e traían por Capitán General a un principal que se llamaba Hucheçilçe, y esto es lo que sabe e declara a esta pregunta” (Aguilar y Afanador, 2018, P. 160).

Este testimonio es importante porque coloca en el mismo lugar y al mismo tiempo a dos personajes mencionados en la Relación de Michoacán, Tzintzincha y a Huizizilzi en Tzintzuntzan, recibiendo a Cristóbal de Olid. En 1581 se redactó la Relación Geográfica de la ciudad de Pátzcuaro, uno de los informantes fue don Juan Puruata, principal y gobernador de Pátzcuaro, que fue padrastro de Don Pablo, hijo de Antonio Huitziméngari, hijo del último cazonci, quien mencionó como Tangáxoan Tzintzincha fue a entrevistarse con Hernán Cortés y a bautizarse, y cómo Nuño de Guzmán lo encarceló, pidió oro y plata, y a pesar de eso, Guzmán mandó dar garrote y quemar a Francisco Tangáxoan (Acuña, 1989, Pp. 199-200). Para la década de 1580, el jesuita Francisco Ramírez escribió que después que supuestamente el cazonci se ofreció de paz a Hernán Cortés, este último “…enviando después a Cristóbal de Olid por capitán general de esta provincia, al cual salió a recibir el mismo Cazonci, con más de ochenta mil hombres y grandes presentes, a los llanos entre Capula y Guayangareo” (Ramírez, 1987, P. 69).

Y entre los papeles que encontró Pablo Beaumont en Tzintzuntzan para escribir su crónica, había un documento pictográfico que plasmaba la conquista de Michoacán por parte de Cristóbal de Olid, conocido como Códice de Tzintzuntzan (Roskamp, 1998); la explicación que proporcionó el cronista fue que antes de entrar a la corte del cazonci, “se encontró este capitán con Vibil [¿Huitzil?], y otros tres capitanes tarascos, que le recibieron de paz” y después de llegar a Tzintzuntzan, Tzintzincha mandó tamemes con regalos a Hernán Cortés, y “embajadores con la noticia de que él, y su reino se daban de paz” (Beaumont, 1985, T. II, P. 30). Sin embargo, en las imágenes que reprodujo Beaumont, se menciona que el lugar en que se encontraron el cazonci y Cristóbal de Olid fue en los llanos de Guayangareo, donde se fundó Valladolid (hoy Morelia), lugar que para el siglo XVIII era la cabecera de la provincia y obispado de Michoacán, de allí irían a Tzintzuntzan.

Imagen 10.  El cronista franciscano de origen francés fray Pablo de la Purísima Concepción Beaumont (1710-1780), se basó en documentos pictográficos indígenas para elaborar los “mapas” o pinturas con que ilustró su manuscrito. Al momento de representar la llegada de Cristóbal de Olid, elaboró estás dos imágenes; del lado izquierdo se explica: “Aqui se demuestra, quando haviendo salido el Rey Caltzontzin con numeroso Exercito à recibir de paz à los Españoles, se encontraron en los llanos de Guayangareo, donde oy està la Ciudad de Valladolid, y alli con demostraciones de regozijo; se saludaron unos y otros y tomaron la vuelta para Tzintzontzan”, mientras que el lado derecho dice: “Aquí se demuestra, quando después de haverse encontrado el exercito de los naturales con los Españoles dandose de paz, se volvieron unanimes a Tzintzontzan; donde los recibieron con no menos demostraciones de regosijo; haziendoles varios banquetes, y festejandolos con otras demostraciones de alegria.” (Copia fechada en 1792, Archivo General de la Nación, Historia, volumen 10).

Lo primero que hicieron los españoles al llegar a Tzintzuntzan fue disparar tiros de armas de fuego y escaramuzar para poner espanto entre la gente en el patio de los cúes (actual Gran Plataforma de Tzintzuntzan). Después fueron a las casas del cazonci, y luego a los cúes, donde vieron la sangre y cuerpos de los 800 sacrificados, y revisaron que ninguno fuera español. Después subieron a las yácatas a derribar las piedras para sacrificar y al ídolo de Curita caheri, y la gente se sorprendió de que sus dioses no los castigaran. La Relación de Michoacán menciona que la mayoría de las mujeres huyeron a Pátzcuaro, y los hombres y viejos tenían que preparar la comida a los españoles, aunque Jorge Carrillo, soldado que participó en la conquista de Michoacán, declaró que los tarascos “…les hicieron muy buenos tratamientos y les hizo el dicho Cazonci dar de comer e posada y lo que hubieron menester y dio indias que los sirviesen he hiciesen pan para comer, e dio muchos presentes de oro y plata e otras cosas a algunos de los españoles…” (Aguilar y Afanador, 2018, P. 160).

Es de presumirse que en su estancia en Michoacán, Olid aprovechó para explorar gran parte del Tzintzuntzan Irechequa, de ahí que en varías de las Relaciones Geográficas de Michoacán, consignen a Cristóbal de Olid como su descubridor y conquistador de diversos pueblos del irechequa, tales como Chilchotla, Tingüindín, Tuxpan (Jalisco), Jiquilpan, Chucandirán, Tarecuato o Peribán (Acuña, 1986, Pp. 101, 320, 384, 409, 418, 424 y 430.) La Relación de Michoacán dice que “y estuvieron los españoles seis lunas en la cibdad (cada luna cuenta esta gente veinte días) [alrededor de 120 días, 4 meses] con todo su ejército y gente de México.” (Alcalá, 2008 [1542], Tercera Parte, Cap. XXV, f. 48v, P. 258).

Los españoles tomaron los plumajes, rodelas y máscaras que eran adornos de los dioses y lo quemaron todo en el patio. “Después desto, empezáronles a pedir oro y entraron muchos españoles a buscar oro a las casas del cazonçi.” La Relación de Michoacán describe los tesoros que tenía guardados el cazonci y que habían acumulado sus antepasados, así como la forma en que lo hurtaron los españoles; las mujeres indígenas intentaron detener a los ladrones golpeándolos con cañas de maíz con que les pegaron a los españoles, y reclamaron a a los quangáriecha, los valientes hombres, por no defender las riquezas del cazonci que era una de sus obligaciones (Carvajal Medina, 2017), y estos contestaron que “suyo era aquello, de aquellos dioses que lo llevaban.” Los españoles expoliaron los tesoros del cazonci durante años; Le Clézio basándose en la Relación de Michoacán, calcula que desde 1522 hasta 1530, año en que ajusticiaron sumariamente a Francisco Tangáxoan, los españoles consiguieron 20 toneladas de oro y plata (Le Clézio, 2008, P. 77).

Cristóbal de Olid envió a Cuiniarángari para llevarle el oro y plata del cazonci a Hernán Cortés en Coyoacán, México. Al llegar, Cortés le preguntó dónde estaba el cazonci, Cuiniarángari le contestó que había muerto ahogado, por lo que resolvió nombrar señor a Huizizilzi, al no tener Tzinzincha hermanos vivos, y le dio unos collares de turquesas como regalo. También lo llevó con los principales mexicas a visitar las ruinas de México-Tenochtitlán para que viera como había sido destruido, ahí los otrora orgullosos mexicas le salieron a recibir con regalos de flores y mantas ricas, y le dieron un discurso de resignación, del mismo tenor que las palabras mencionadas por Zuangua y Tzinzincha:

“…bien seáis venidos, chichimecas de Mechuacan. Ahora nuevamente nos habemos visto, no sabemos quién son estos dioses que nos han destruído y nos han conquistado: ¡mirá esta Cibdad de México nombrada de nuestro díos Zinzúviquixo [Huitzilopochtli], cuál está toda desolada! A todos nos han puesto naguas de mujeres. ¡Cómo nos han parado tambien! ¿Os han conquistado a vosotros que érades nombrados? Sea ansí como han querido los dioses. Esforzaos en vuestros corazones. Esto habemos visto e sabido nosotros que somos muchachos. No sé qué supieron y vieron nuestros antepasados. Muy poco supieron. Nosotros lo habemos visto y sabido siendo muchachos.” Respondióles don Pedro y dijo: “ya, señores, me habéis consolado, que lo que nos habéis dicho, ya nos habéis visto, ¿cómo nos viéramos y visitáramos si no nos tractaran desta manera? Seamos hermanos por muchos años, pues que ha placido a los dioses que quedemos nosotros y escapamos de sus manos, sirvámoslos y hagámosles sementeras. No sabemos qué gente vendrá, mas obedezcámoslos” (Alcalá, 2008 [1542], Tercera Parte, Cap. XXVI, f. 50, P. 261).

Cuando Cuiniarángari regresó con Cortés, éste le dijo como habían llegado cartas de Tzintzuntzan, informando que el cazonci no estaba muerto, Cuiniarángari temió por su vida, pero Cortés lo tranquilizó, le dio una carta para que la llevara a Olid, y que le dijo: “di al cazonçi que venga donde yo estoy, que no tenga miedo, que se venga a sus casas a Mechuacan [Tzintzuntzan], que no le harán mal los españoles. Y vendráme a visitar.” (Ídem). De regreso a la capital tarasca, Cuiniarángari se juntó con los señores y caciques, y les platicó como le había ido en México, y que Cortés era muy liberal. Huizizilzi y dos españoles fueron a Uruapan por Tzintzincha, y don Pedro Cuiniarángari se adelantó para tranquilizar al cazonci respecto a las intenciones de los españoles. A su regreso a Pátzcuaro, Cuiniarángari le explicó a Tzintzincha cómo debía ir a visitar a Cortés a Coyoacán, mientras que por otro lado, Olid le pidió más oro al cazonci, “y decía el cazonçi a sus prencipales: “¿para qué quieren este oro? Débenlo de comer estos dioses por eso lo quieren ctancto”.” (Ibíd., Tercera Parte, Cap. XXVI, f. 50v, P. 262). En el camino a México, Tzintzincha temió por su vida, pues después de escapar de los principales que lo querían ahogar, ahora tenía miedo de que Cuiniarángari y Huizizilzi lo hubieran engañado, y tuvieran intenciones de matarlo.

Imagen 11. “El Rey de Mechoacan visita a Cortés” (detalle), según grabado de la crónica conocida como Décadas de Herrera (Herrera y Tordesillas, 1726 [1615], T. II, portada). Nótese como el cazonci Tzintzincha es transportando en andas.

 

La entrega del señorío del cazonci Tzintzincha al Emperador

El cazonci Tzintzincha llegó a Coyoacán donde se encontraba Hernán Cortés, la Relación de Michoacán narra el encuentro de la siguiente manera:

“Y llegó a Cuyacan, donde estaba el Marqués, y holgóse mucho con él y rescibióle muy bien y díjole: “seas bien venido, no rescibas pena. Anda a ver lo que hizo un hijo [Cuauhtémoc] de Montezuma; allí le tenemos preso porque sacrificó muchos de nosotros.” Y hizo llamar todos los señores de México, el Marqués, y díjoles cómo era venido el señor de Mechuacan, que se alegrasen y que le hiciesen convites y que se quisiesen mucho. Y señaláronle al cazonçi unas casas donde estuviese. Y fué a ver el hijo de Motezuma y tenía quemados los pies y dijéronle: “ya le has visto cómo está por lo que hizo; no seas tú malo como él”. Y estuvo allí cuatro días y hiciéronle muchas fiestas los mexicanos y alegróse mucho el cazonçi y dijo: “cierctamente son liberales los españoles, no os creía”.” (Alcalá, 2008 [1542], Tercera Parte, Cap. XXVI, f. 51, P. 263).

Ante las circunstancias adversas concatenadas, el cazonci Tangáxoan Tzintzincha, igual que Motecuhzoma II dos años antes, tuvo que reconocerse vasallo del Emperador Carlos V para evitar la destrucción. Cortés mencionó que

“…hice saber a vuestra cesárea y católica majestad cómo una gran provincia que se dice Mechuacán, que el señor de ella se llama Casulci, se había ofrecido por sus mensajeros, el dicho señor y sus naturales de ella, por súbditos y vasallos de vuestra cesárea majestad, y que había traído cierto presente, el cual envié con los procuradores que de esta Nueva España fueron a vuestra alteza…” (Cortés, [Cuarta carta de relación, 15 de octubre de 1524], 1975, P. 176).

Lo que le ordenó Hernán Cortés a Tzintzincha durante su visita marcó el fin de la independencia tarasca y su sujeción a la Monarquía Hispánica, sujeción que tardaría varios años en ser efectiva:

“…vete a tu tierra, ya te tengo por hermano. Haz llevar a tu gente estas áncoras [anclas]; no hagas mal a los españoles que están allá en tu señorío, porque no te maten. Dales de comer y no pidas a los pueblos tributos que los tengo de encomendar a los españoles”. Y díjole el cazonçi que ansí lo haría, que ya le había visto, y díjole: “yo vendré más veces a visictarte.”” (Alcalá, 2008 [1542], Tercera Parte, Cap. XXVI, f. 51, P. 263).

Después de entrevistarse con Cortés, Tzintzincha regresó a Tzintzuntzan con más ánimo, incluso se menciona que venía jugando patolli, ocupó sus aposentos y empezó a cumplir parcialmente las órdenes de Cortés. Con la sumisión del Tzintzuntzan Irechequa, “los jóvenes y vigorosos guerreros tarascos que no combatieron a las huestes de Cristóbal de Olid, si fueron movilizados en gran cantidad para colaborar con los españoles en la ardua y compleja conquista de otros puntos estratégicos del territorio” (Pérez Escutia, 2016, P. 32).

La primera tarea de llevar las áncoras o anclas al astillero que estaban construyendo en Zacatula para continuar con la exploración de la Mar del Sur, se la encomendó a su hermano adoptivo Cuiniarángari para que llegaran a su destino, por el 14 de noviembre de 1522. Don Pedro Cuiniarángari encabezó a 1600 indígenas junto a dos españoles, para llevar las anclas a Zacatula. En el camino, sus acompañantes lo convencieron de ataviarse de collares de turquesa para impresionar a los señores zacatultecas. De regreso trajo mucho cacao que le dieron los españoles para que se lo llevara a Cristóbal de Olid (Alcalá, 2008 [1542], Tercera Parte, Cap. XXVI, f. 51v, P. 264).

Al parecer el plan original de Cortés era que se fundaran poblaciones de españoles en Michoacán, pero al ver la riqueza de la tierra, quiso reservarse lo mejor para él y no repartió encomiendas pronto, por lo que tiempo después Cortés mandó a Juan Rodríguez de Villafuerte para ir a Zacatula y para relevar a Olid de su cargo, quien tuvo diferencias y discordias con algunos españoles. Tzintzincha también mandó a Cuiniarángari al mando de 40 guerreros con porras, para que fuera a ajusticiar a Timas y a otros señores a Cápacuero donde habían huido por haberlo traicionado. Por los diálogos que quedaron registrados en la Relación de Michoacán, sabemos que está expedición punitiva ocurrió durante el camino de la conquistar de Colima por parte de Juan Rodríguez de Villafuerte (Alcalá, 2008 [1542], Tercera Parte, Cap. XXVI, ff. 51v-52, Pp. 264-265.).

La colonización europea de Michoacán comenzó con el repartimiento de encomiendas entre los conquistadores, para lo cual Cortés mandó entre 1523-1524 a Antonio de Caravajal a explorar el territorio del irechequa, para poder repartirlo. En 1524 Hernán Cortés también pidió 15 muchachos nobles para aprender la doctrina cristiana, y en 1525 llegaron los primeros religiosos evangelizadores como fray Martín de Jesús y la orden de los franciscanos (Alcalá, 2008 [1542], Tercera Parte, Cap. XXVI). Tzintzincha, bautizado como Francisco Tangánxoan viviría hasta 1530, año en el que la corona española y el gobierno indígena entraron en contradicción, al punto que el cazonci se volvió un estorbo para las fuerzas políticas, económicas y religiosas del nuevo orden colonial en Michoacán. El punto álgido de las contradicciones ocurrió gracias a la llegada del Presidente de la Primera Audiencia Nuño de Guzmán, enemigo de Cortés y sus partidarios, que condenaría a Francisco Tangáxoan, el último cazonci, a la pena de muerte el 14 de febrero de 1530, cerca del actual Santiago Conguripo.

El destino que sufrió el Tzintxincha lo padecieron varios señores indígenas durante los primeros años del domino hispano. Aún para 1710, los indígenas de Santo Tomás Ajusco, al sur de la Ciudad de México, recordaban los abusos cometidos por los españoles en busca de riquezas, que segaron la vida del cazonci y otros señores indígenas:

“Es conocido cómo atormentaban a los reverenciados señores, los que tienen a su cargo los pueblos, los que tienen el bastón de mando.

Es sabido cómo los atormentan porque les piden sus riquezas, porque no les dan todo el metal amarillo y también sus piedras preciosas. Es bien conocido cómo les arrebatan sus mujeres y también sus estimadas hijas doncellas. No están satisfechos sino cuando queman a los señores, como al muy grande y reverenciado Señor de Michoacán, el muy grande Caltzontzin. Y así lo hicieron también con otros señores que tenían a su cargo a los pueblos, los que mandaban allá en Xalapan, Tlaxcalan, Tehuantepec, Oaxaca y también con los señores de otros pueblos a donde se acercaron los envidiosos, hambrientos de oro, que se llaman cristianos […]” (“Testimonio de la fundación de Santo Tomás Ajusco”, 1710, en: León-Portilla, 2008 [1959], P. 243).

Imagen 12. Representación alegórica de la participación tlaxcalteca durante la marcha de Nuño de Guzmán por Michoacán hacia los Teules Chichimecas (la batalla contra los tarascos nunca aconteció). Nótese en la parte superior central al cazonci Francisco Tangáxoan ajusticiado por órdenes de Nuño de Guzmán (Lienzo de Tlaxcala, 1892, P. 52).

La táctica que usaron los españoles para conquistar a las sociedades complejas de América fue secuestrar o subyugar a los señores supremos, con ellos se garantizaba la conquista de las entidades políticas preexistentes a través de un sistema de dominio indirecto, en que al antiguo aparato político no sufrió grandes cambios, pero el excedente ya no iba a parar a los señores indígenas, sino a los nuevos amos venidos del otro lado del mar. Los casos de Moctezuma II, Tangáxoan II, y Atahualpa, señores de las tres entidades políticas más poderosas de América en la primera mitad del siglo XVI, son claro ejemplo del sistema de dominio indirecto, sin embargo, la conquista de Michoacán tuvo una particularidad:

“Las ventajas de la posición estratégica de los españoles se hicieron evidentes en la conquista de Michoacán. Este reino también se había constituido sobre la base de señoríos particulares, sin embargo atados con firmeza a la soberanía de su rey o cazontzi, quien, por tanto, encabezaba la organización estatal más compacta de Mesoamérica. Los españoles sometieron Michoacán mediante una ocupación militar, haciendo poco uso de las armas de manera directa pero ejerciendo una gran presión. El sometimiento del reino operó, cabe decir, de arriba abajo, a partir de que los españoles impusieron al cazontzi Tzintzicha el reconocimiento de la corona de Castilla, pero sin desplazarlo como señor de otros señores. Tzintzicha, sin embargo, no pudo o no supo formalizar este arreglo tan singular, que en cierto sentido convertía a Michoacán en una especie de protectorado” (García Martínez, 2014, P. 178).

Tangáxoan II fue el último cazonci, pero a diferencia de los mexicas que fueron conquistados en guerra justa, según los europeos, los tarascos entregaron el “señorío” pacíficamente, lo que les confería un estatus legal diferente. El Estado tarasco se convirtió en una especie de “reino vasallo” de la corona Española, y por lo tanto el cazonci se convirtió en vasallo del Emperador; tanto sus hijos Francisco Taríacuri y Antonio Huitziméngari, junto con la nobleza tarasca, tuvieron mucho poder y privilegios durante el siglo XVI (Sarrelangue, 1999). Los indígenas tarascos durante la época colonial constantemente reivindicaron esta entrega en paz del señorío y su conversión a la fe cristiana, siempre fue una parte importante de su memoria histórica y pasado en los alegatos con las autoridades novohispanas. Sin embargo, en 1522 empezaría el pesado dominio hispano sobre los antiguos habitantes del irechequa, que marcaría para siempre su devenir histórico, con consecuencias hasta nuestros días.

Imagen 13. “Armas de la “Ciudad de Zintzuntzan” “Vitzitzilan” de la provincia de Michoacán, 1595” (Archivo General de Indias, Escudos y Árboles Genealógicos de México, núm. 168.). El Escudo de Armas de Tzintzuntzan de 1595, fue otorgado a los tzintzuntzeños después de décadas de alegatos para recuperar el título de ciudad que habían perdido ante Pátzcuaro desde 1538. Este documento pictográfico sigue en importancia dentro de la tradición historiográfica uacúsecha después de las láminas de la Relación de Michoacán, y fue copiando en diversas ocasiones por los pobladores de Carapan durante el siglo XVIII para la elaboración de sus propios documentos. De acuerdo con Hans Roskamp, la clave de interpretación indígena  representó a un águila (nahual del dios Curícaueri) recibiendo la fuerza del Sol, que con sus alas cobija a Uacusticáteme o Ireti ticáteme, fundador del linaje uacúsecha, y a Haramen, señor de Tzintzuntzan y tatarabuelo de Tzintzincha, el último cazonci.

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